Algún día

Algún día

No, ni Disney ni Pixar. Ni siquiera Old Trafford es el Teatro de los sueños. Ni siquiera Hogwarts. La auténtica fábrica de sueños y de magia del mundo se llaman Juegos Olímpicos. Aunque cada vez queden más lejos aquellos inicios precarios del amateurismo con Pierre de Coubertain entre Samsungs, Coca-Colas y asignaciones de sedes y patrocinios de dudosa ética, el llamado espíritu olímpico sigue sobrecogiendo cada 4 años.

Unos Juegos Olímpicos son, ante todo; un escaparate. Los deportistas buscan poder obtener una beca con la que sobrevivir otra Olimpiada -los 4 años siguientes hasta los próximos-; los Estados participantes mostrar su poderío -recordar las democracias reales durante la Guerra Fría- y para las ciudades que lo organizan demostrar su crecimiento y el gran lejado que dejará sin importar lo que haya costado.

Y es que esa magia es capaz de callar durante algo más de dos semanas todas las críticas al dinero invertido. Una magia capaz de movilizar 50.000 voluntarios o de que millones de personas madruguen o trasnochen para ver una ceremonia de 4 horas. La magia que convirtió en la Alemania Nazi a un afroamericano en leyenda y que, 60 años después; mostró a un dios del boxeo, para muchos el mejor deportista de todos los tiempos; humano, temblando y emocionado al encender el pebetero. Pebeteros que para encenderse desafiaron las leyes de la física mediante flechas -que no nos quiten la ilusión, la flecha sí que entró- o con gimnastas volando en el Nido del Pájaro. O devolviéndole la gloria a un maratoniano que solo un sacerdote irlandés pudo quitarle. Es la misma magia que nos convierte en entendidos de la gimnasia rítimica o la esgrima al ver una medalla peligrar -aunque quizás eso de opinar sin tener idea nosotros ya lo tenemos de serie- o que gente que no ve más que los 38 partidos de su equipo de fútbol no se despegue de la tele para ver una final de 800.

Durante 20 días se olvida el viejo debate -inútil- de no mezclar política y deporte y nos emocionamos con cada himno y bandera que vemos elevarse. Y siempre comentamos lo bonitos que son los himnos con letra.

Pero cuando nos queremos dar cuenta se ha acabado y vemos con la misma cara de cada verano acabado la entrega de la bandera olímpica a la siguiente ciudad. ¿A la próxima vamos no? ¡Venga quien se apunta!. Y en la mente de deportistas de mayor o menor nivel, que están empezando o que lo tuvieron cerca; en la de entrenadores, fisios, aficionados y periodistas aparecen dos palabras -también mágicas- con una sonrisa pequeña: Algún día.
Disfrutemos de esta magia y si no, nos vemos en Tokio, que de ilusiones se vive.

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